 
“SOY EL DIEGO RIVERA DE LA ERA DIGIRAL Y HAGO UN MURAL POLITICO, MEDIO TRUCHO, QUE REPRESENTE A LA ARGENTINA DE LOS NOVENTA”
Marcos López* es reportero gráfico;
su credencial de socio de ARGRA Nº 1065 lo certifica.
El jueves 11 de octubre de 2007 nos dio una charla en la que habló de su relación de amor-odio con el photoshop, de las galerías de arte, de la publicidad, de los críticos “que se encargan de definir mi estilo” y de tomar fotografías como una forma de vengar su pasado.
Por Verónica Bellomo
Nací en Santa Fe, en una familia católica de técnicos e ingenieros. Fui un muchacho reprimido; por eso ahora, de grande, trato de vengarme, entre comillas, con la irreverencia de mi obra. Estudié ingeniería durante la dictadura, no sé cómo llegué hasta 4to. año de la carrera haciendo cálculos de hormigón. A los 18, se me cruzó una cámara de fotos. Empecé a hacer fotos y no paré más; se me ocurre también que podría haber pintado o haberme dedicado a la literatura o al cine. Incluso estudié cine en Cuba, pero el cine nunca terminó de interesarme. Algo tenía que hacer para expresar mis sentimientos: tenía adentro una especie de dragón que me comía y al que había que darle de comer.
Yo no leo, no tengo paciencia, pero me interesan los grandes temas. Pienso que hay que ver mucho cine, pintura, a otros fotógrafos, y eso va quedando en el disco duro de cada uno. Luego, las cosas pasan por un filtro. La composición es algo complejo e intuitivo. Trabajo en una línea donde mezclo lo teatral y lo cinematográfico con lo fotográfico porque soy de una formación “clásica”. Me formé con una generación para la cual hacer lo que estoy haciendo en chiste sería pecado mortal y me extraditarían, como la ultraderecha que se ríe de Chávez. Me gusta destronar a los ídolos.
Intento ser un ensayista socio-político, socio-económico, socio-cultural, buscar una identidad con los mitos populares: Borges, Gardel, el fútbol, el asado, las modas. Siempre me interesó ser un fotógrafo argentino, porque la Argentina hace 300 años era un pastizal mientras los aztecas ya habían hecho cloacas. Este país es diferente. Cuando voy a Europa, ni llevo cámara. Me gusta fotografiar acá y que mis fotos se expongan en Alemania y sean diferentes, que hablen de un continente. La identidad de América Latina no tiene que ser sólo el Machu Picchu. Una esquina de Avellaneda es tan América Latina como las pirámides mexicanas. Ese color, esa luz, esa textura arquitectónica es tan válida como Juan Rulfo. Es lo que llamo “la textura del subdesarrollo”: un mantel de hule de un bar de Avellaneda en el que apoyás los codos y te quedás pegado, a esa textura emocional que se puede describir me interesa mostrar con mis imágenes.
El pop latino, Rivera y LaChapelle
Lo que se llamó “Pop Latino” lo hice en los `90, cuando me cansé del blanco y negro. Yo no vivía de mis fotos artísticas, las hacía por una necesidad expresiva. Entonces empieza la época menemista, esa especie de descalabro financiero, de asesinato de un país, ese caos visual de un país como de cartón pintado.
Empecé a trabajar con puestas en escena simples: un plano y fondo, algo adelante y algo atrás que se repite. Usé gran angular y flash de día para generar una situación irreal. Me interesaba la foto muralística; empecé a trabajar con grandes formatos. Me autodenominé: ”El Diego Rivera del subdesarrollo”. Es una cosa absolutamente pretenciosa que puede dar risa, pero “Soy el Diego Rivera y hago el mural político de este país trucho”, esa era mi inspiración. Por otra parte, siempre tuve influencia de LaChapelle, no lo voy a negar. Pero me molesta que me comparen con él, me parece frívolo y superficial, y creo que mi trabajo no es así.
Mi disparador para generar imágenes es, primero, pensar una imagen que sea
buena y se sustente por sí misma, no me importa para qué va a servir. A
veces, vas a una muestra, ves una foto y no entendés nada, pero te dicen
que es de una serie porque la abuela le pegaba cuando era chico… El dolor, la
colonización española, mi mamá que me educó diciendo: “Hay que sufrir”,
todo eso me lo tomo en serio, y también me cago de risa de lo mismo.
Como un barco: de un lado al otro (entre lo documental y la ficción)
Cuando empecé a hacer fotos, no concebí hacer fotos que no sean documentales y en blanco y negro porque la fotografía estaba asociada al oficio del laboratorio: revelar y copiar, esa cosa de hobby. Mi papá no se preocupaba porque yo abandonara la facultad de ingeniería, él decía: “Mi hijo hace fotografía por hobby”. Cuando veo los contactos de mis primeras fotografías, fruto de una formación autodidacta, encuentro fotos documentales de los inundados de Santa Fe que hacía con deseo de que se publicasen, y también fotos de una puesta en escena surrealista con mi novia y una amiga de mi novia medio desnuda, con unas botas volando... Siempre estuve probando por distintos lados, como un barco, de un lado a otro.
¿Donde están las barreras de lo documental y la ficción? Somos fotógrafos
de una generación con un pie en la compleja transición digital desde el punto
de vista conceptual, técnico y estético. La famosa credibilidad se fue a la
mierda.
Ya Sebastián Salgado sacó todas las mejores fotos que podía sacar, yo no
voy a ir nunca a Sierra Pelada porque me da miedo, lo hago en el living de mi
casa. No voy a estar esperando que el perrito salte el charco para hacer
click justo ahí, lo pego con photoshop. Pongo como ejemplo la foto del
tipo saltando el charquito de Cartier Bresson que con una cámara digital de ahora que hace prrrrppr sacás mil fotogramas del famoso momento preciso.
Siempre tengo el as en la manga del photoshop, pero ese as en la manga
también es un enemigo, porque te enviciás. Estoy tratando de desacelerar
con tanto photoshop porque me cansé de depender del retocador. Me gustaría
encontrar una imagen más creíble. Yo no lo sé hacer pero mi retocador sabe
cómo me gusta. Pero hay un punto en el que te fuiste al carajo y terminás
haciendo un Frankenstein. Por eso, la mayoría de las fotos publicitarias
que se ven en las revistas son malas porque son esa especie de Frankenstein en
la que se va perdiendo el aura de la fotografía, de lo real.
En mis fotos el uso del color es absolutamente pictórico, la relación de
figura y fondo, paso horas y horas planeando que este rojo vaya delante de
este amarillo. Otra cosa que me agarra es una obsesión por controlar toda
la imagen, la posición de las manos, la ubicación de los objetos, las
personas que forman líneas verticales, todo está absolutamente pensado, cada
elemento de la imagen es importante.
Eso traté de hacer siempre, de demostrar un método de trabajo. Hay muchos
factores para animarte a manipular una situación. Le tenés que sacar una
foto a alguien y animarte a decírselo, no ser tímido para trabajar, que el
tipo acepte, que luego te lo publiquen. La realidad me regala cosas como
que el dueño de un bar se preste para actuar en una foto pensada para un bar;
entonces se mezclan realidad y ficción.
Dentro de 100 años, mis fotos y las de Julio Pantoja van a mostrar, con
dos puntos de vista diferentes, un mismo país. Son formas distintas de
documentar. Hay teóricos que lo definen como neo-documental.
Como en un barco II: de un lado al otro (entre la publicidad y el arte)
Me gusta arriesgar, como con esa foto del tipo con el corazón clavado. Un
amigo que es curador la publicó en una revista internacional, la llevó a
Alemania y la directora de no sé qué museo dijo: “Es una inmensa mierda”.
La tipa defendía toda una teoría fotográfica de la escuela alemana tan
austera y perfecta. Lo mismo que las galerías de arte: ahora me dan bola,
pero si dentro de 5 años mis fotos no les gustan más, me van a pegar un
patadón.
La fotografía es una expresión sensorial. Si a los críticos de arte les
gusta o no, que se arreglen ellos y que busquen las cuestiones conceptuales para definir mi estilo. Yo dejo la imagen ahí, y que se encarguen los teóricos de analizarla.
Hago lo que quiero. Hago las imágenes por una necesidad de calmar mi sed
de angustia ante la existencia, con una intencionalidad expresiva, no por
encargo. Cuando hacía fotos las dejaba tiradas por mi casa, si venía uno
se las regalaba. Hice la foto del asado porque siempre me interesó mostrar
una identidad nacional, esa banda de amigos hablando de fútbol. Me alegro que a la curadora del museo Reina Sofía Berlín le haya
gustado, porque ahora está en la colección permanente al lado de todos los
que juegan en primera división. Pero si no le gusta, le digo: “Mire
señora, I´m sorry. Yo hago ésto”.
Es más fácil ser rebelde cuando no te están pagando por ser rebelde. Ahora
es distinto: mi modo de vida es el mercado de arte fotográfico. Creo que
hay muchísimas fotos malas, pretenciosas y horribles en todo ese ArteBA y en
todas las ferias de Buenos Aires Photo. A mí, el 80% me aburre
soberanamente porque tratan de adecuarse a una estética de arte contemporáneo.
No estoy seguro de si mis fotos son buenas o malas. Las hice como parte de
una experiencia. Tenemos que pensar desde la imagen porque es el elemento
que manejamos, pensar en llevar el conflicto generacional, tecnológico,
Cristina Kirchner, el interior, la capital… Estoy tratando de poner algoíntimo en la mesa, como un conflicto. El conflicto de un espíritu creativo. Uno siempre tiene conflictos: cuando nadie te da bola, porque nadie te da
bola. Cuando importa, también es un problema porque uno siente que puede
estar satisfaciendo una necesidad externa. Cada tanto trato de patear el
tablero y no copiarme a mí mismo.
Los medios cada vez más buscan fotógrafos con personalidad. Hace 15 años,
cuando empecé, me ponía como un diskette para hacer publicidad. Hoy, cada
vez más, se busca un fotógrafo que desarrolle una voz propia.
A mí no me gusta la publicidad, es una cosa horrible porque vienen 500
tipos y quieren generalmente hacer su foto. Pero de algún modo tengo que pagar
la cuota de la 4x4; nah, es un chiste. La empresa Ona Saenz me contrató una
vez para que hiciera mi foto del asado para el mundial; fue una experiencia
rara porque el dueño me buscó por mi estilo, pero después a todo lo
pasteurizaron porque la esposa del tipo dijo: “Muy lindo Marcos López, pero nosotros vendemos jeans”.
”El Pop Latino me aburrió”
Ahora estoy tratando de inventar escenas producto de mi imaginación, casi
como si fuera un director de cine. También me gustaría hacer un libro de
paisaje urbano donde no haya gente. Argentina sin gente. Es caro. Es
difícil. Tal vez no se venda. No creo que me den la beca Guggenheim porque
no les gustan mis chistes; ellos son serios, muy políticamente correctos.
Tengo ganas de probar con otra paleta de colores, de comprarme una Leica y
hacer fotos de negativo directo pero seguro que ya perdí el trainning y me
van a salir mal, y cuando me salen mal tampoco me gusta.
Ya no hago tanto humor me parece, me cansé un poco del chiste. Y, a mí, el pop latino ya me aburrió.
* Por más información sobre su carrera, entrar a www.marcoslopez.com
A continuación,
algunas de las imágenes exhibidas por López
con sus respectivos comentarios.
“Este es Korda, el fotógrafo cubano, con el negativo de la archifamosa foto del Che. Es emocionante ver, en este tiempo digital, la marquita de la edición de los diarios. Antes se editaba así, el editor hacia ese corte.”

”Estas fotos están tomadas con 20 años de diferencia: una en 1982, la otra
en el 2002. Es el mismo personaje. Me encontré a este tipo en El Bolsón, y
después lo fotografié en la esquina de mi casa, en estos bares de la
Argentina del todo por $2 que se fue a la Argentina del todo por $1.”


Esta es una silueta que saqué en mi estudio, la recorté y la llevé a
Plaza de Mayo. No había photoshop. Incorporé una especie de sponsor imaginario,
como si Procenex me pagara para una propaganda cuyo eslogan es: “La
Argentina vendiendo Procenex, en el país del cartón pintado.

Con esta imagen, intenté hacer un paralelo con Andy Warhol y la sopa
Campbell. Usé como objeto de arte la Inca Kola, bebida de Perú, como ícono
del Pop art. En ese momento no había photoshop así que lo construí con una
tijerita, una mesa de acrílico, una luz de abajo, prueba y error, prueba y
error, hasta que me salió.

En el `93, intenté hacer una seudo-campaña presidencial como si Menem me
hubiera encargado hacer la campaña de reelección. Acá están los creativos
de la agencia de publicidad en la típica actitud de robar ideas a Andy
Warhol, como si nadie lo conociera.

Este es un modo de trabajo que tengo. Anoto ideas cuando voy a mi casa o
viajo. Era un concurso en una cantina de La Boca con una lanzadora de
fuego, unas botellas de sidra Real, un baile haitiano de esos que el tipo se
muere porque se clava las botellas al caer. Eso era el chiste de la foto: habla
de una identidad cultural, tiene humor, tiene colores.

Estoy contento de que se me haya ocurrido hacer esta foto, me gusta. Es
complicada de descifrar. Uno dice: ` ¿Este tipo de que me está hablando
está a favor o en contra de Calvin Klein?`. Está el avión, un objeto clave en
la contemporaneidad, tan importante desde el 11 de septiembre, como una
ofrenda, un misil, un objeto erótico; la almohada de los aviones que se
lee de algún modo como un yugo de esclavos.

Quise hacer una especie de gran obra latinoamericana donde la NBA serían
los malos, con Evo Morales, Chávez, Fidel, Perón y Evita en una
pelopincho, que es como el recuerdo de la infancia flotando. No me salió bien, me
deprimí porque estuve meses trabajando y cuando lo vi me pareció una
mierda. No es tan fácil hacer fotos que salgan bien.

Esto es en la Fundación Proa. El piso está hecho con contact de verdad
pegado a las baldosas. Tres personas estuvieron un día entero pegándolo
con 50 grados de calor, y la pelopincho la pintamos en otros dos días de
trabajo. La realidad es siempre lo mejor. En esta foto tuve suerte porque justo salió el sol de las 6 de la tarde y a los 5 minutos se nubló; si no, tendría que haber hecho todo de nuevo.

La autopsia es una libre interpretación del Che muerto en Bolivia que
ahora se ha publicado mucho. También se compara con La lección de anatomía, de
Rembrandt, y tiene otras lecturas que puede ser un campo de detención
ilegal, la patria joven muerta, la mujer como patria, lo perverso de los
médicos...

El tema de la carne siempre me interesó. Fui a Mataderos porque me quería
comprar estas medias reces pero son carísimas, y le pregunté al carnicero
si podía llevar una actriz. Más que una actriz, la mujer era una vecina mía
con cara de loca, y le dije: `Hola, cómo te va, soy fotógrafo. ¿No quisieras
actuar para una foto mía?`. Si a una persona le das un cuchillo y la metés
entre esas carnes, se genera una situación emocional en la que la persona
pone más cara de loca de la que tiene. Eso es algo que los directores de
teatro y psicólogos estudian. Es una cosa de la máscara. Ella se puso ahí en asesina.

Esta foto esta inspirada en el cuadro Las dos Fridas, de Frida Kahlo. Se
me ocurrió hacer el enfermo que cura al enfermero. Obviamente, esta foto 20
años antes no se podría hacer porque es el mismo actor. Saqué una foto,
después el tipo se vistió de enfermero y saqué la otra.

Acá me interesaba Cartier Bresson o William Klein esperando, en una
esquina, que la gente pase. Estos son actores a los que les pagué $50 y
les dije: `Pongan cara de tristes y amargados y quédense así`. Me gusta
contratar modelos, me gusta pagarles, hacer como algo más profesional.

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