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Conferencia de Alfredo Srur

Jueves 21 de octubre 2010


Por María Eugenia Olazábal
Edición Erica Aisa

El 21 de octubre el fotógrafo Alfredo Srur, invitado por ARGRA Escuela, brindó una conferencia para alumnos, docentes y reporteros gráficos.
Srur fue presentando como una joven promesa de 33 años y  también como un viejo reportero gráfico teniendo  en cuenta su importante trayectoria en los medios.
Cuando tenía 21 años entró a trabajar en la Revista Veintitrés, luego pasó por Página 12, Perfil, La Nación, El Gráfico, entre muchos otros.
En agosto pasado se publicó el libro Geovany no quiere ser rambo, en la Colección de Fotógrafos Argentinos, un proyecto editorial que desarrolla Dario Lanis y Gabriel Díaz, bajo el sello Dilan Editores.

La jornada duró alrededor de hora y media y más que una conferencia tradicional, fue una conversación y encuentro en el que Srur expuso algunos de sus trabajos y contó su particular visión de la realidad y la forma de fotografiarla, ligada muchas veces a situaciones marginales.
“Yo soy fotógrafo, me considero fotógrafo aunque aprendí el oficio trabajando como reportero gráfico, eso fue  una gran escuela para mí. Digamos que empecé a estudiar cuando empecé a trabajar, aprendí de mis amigos y después si estudié, hice un taller con Eduardo Gil, otro con Jorge Sáenz. Cuando empecé tenía 19 años, las primeras fotos que saqué fue viviendo en Los Ángeles.
He vivido de la fotografía por un lado y también he hecho mis propias fotos más allá del rédito económico inmediato, ya que creo en la fotografía como documento valioso en el tiempo. Siempre he tratado de aprender con gente y temas que me interesaron, no se bien qué es marginal, tal vez todos lo seamos en algún punto ¿no?”
Un detalle no menor es la relación que establece con cada uno de sus fotografiados, donde para que se produzca el encuentro a través de la foto, tiene que establecer un vínculo de empatía.
“Establezco cierta confianza con la persona. Tengo que encontrar cuestiones nobles y de justicia dentro de cualquier ámbito, eso es lo q me interesa”.

Para él la fotografía es una forma de expresión, que perdura en el tiempo y bajo esa premisa comenzó su exposición compartiendo su foto favorita, que data de 1923.
Policía con niño es una fotografía que sacó el peruano Martín Chambi, donde se ve un policía con guantes blancos tirando la oreja de un niño descalzo que pisa los adoquines, mientras que el policía está sobre la vereda.
“Para mi es una fotografía emblemática, que muestra por un lado cierta ingenuidad y a la vez algo ridículo con la autoridad, con el uniforme, lo irracional, la violencia, lo ilógico y el poder por el poder mismo.
El chico está sobre el adoquinado y el policía sobre la vereda. Los aborígenes no podían caminar por la vereda, pero el policía también es aborigen, al igual que el fotógrafo.
Yo creo que eso es marginal.
Chambi era minero y de casualidad, a sus 14 años empieza a ser aprendiz de fotografía de los ingleses que eran quienes explotaban las minas. Así deja de ser minero, un trabajo duro y mal pago y se volvió uno de los fotógrafos más importantes de Cuzco.
Era casi iletrado, pero tenía una alta conciencia artística”.

Srur comenta que todos sus trabajos los hace con películas, él mismo hace el revelado y el copiado y  sostiene que trabajar en blanco y negro tiene algo especial.
“Cuando empecé a trabajar en la Revista Veintitrés se hacían todavía diapositivas, no existían las cámaras digitales y eso fue hace muy poco. Yo siempre hice película, creo en ella, lo digital me parece que es un nuevo lenguaje. Trabajar en digital implica otra aproximación con lo que se fotografía, porque constantemente se está viendo lo que se hace, eso distrae y establece otra conexión con lo fotografiado.
Es tan fácil apretar un botón y hacer una foto y cuesta tan poco, que se valora menos.
Además lo digital se dio como un cambio natural, que para mi no es así, sino que es más complejo de lo que parece.
No ver lo que se está haciendo, el cuarto oscuro, la ampliadora, la imagen que después se proyecta tiene para mi otra mística. Probablemente lo digital tenga su propia mística, que iré descubriendo”.

Los trabajos

Lo que cuenta o dice sobre la fotografía y sus trabajos en particular está guiado por las imágenes que proyecta en la pantalla. Pone una imagen y se producen largos silencios que permiten mirar la fotografía, detenerse en la imagen y mirarla una y otra vez, al punto de comprenderla.

La Hiena Barrios
“Este fue mi primer trabajo, en 1999, casi como un ensayo, porque cuando empecé a sacar fotos no sabía ni lo que era una cámara, ni revelar, no conocía de técnica.
Cuando empecé a comprender un poco más, encaré este trabajo, con conciencia de ensayo y seguimiento en el tiempo.
Un día viajé a Bolívar a acompañar a un fotógrafo, fui de segundo y eso me dio libertad de sacar fotos, porque no tenía la obligación de llevar el trabajo a un editor.
En una conferencia de prensa, la Hiena se acercó, me gritó a la cámara y esa fue la primer foto que le saqué”.

En la pantalla se suceden imágenes que muestran a la Hiena entrenando, con su familia, con Atilio, su emblemático entrenador ya fallecido y tantas otras, producto de dos años de trabajo.
“Yo nunca había subido a un ring side, ni había visto una pelea, pero me interesaba la psicología de una persona que es boxeador. En el hotel  lo vi  y me pareció un personaje extraordinario. Me atrapó la imagen de una persona arriba de un ring y a los golpes, que a su vez puede tener una técnica y  un oficio y salir adelante en la vida, rodeado de un montón de personas que viven de él,  pero cuando  sube está solo, ya no hay nadie más.
Lo que más me llamó la atención fueron los golpes y el sonido que producen. El sonido es algo que no está en la fotografía, pero es muy motivador en mí.
Lo admiré, una persona que hace eso y al mismo tiempo es inteligente y reflexiva. Un mundo lleno de contradicciones, eso hizo que esté dos años sin parar sacándole fotos”.

Paralelamente fotografió a otro boxeador, el Karateca Medina, cuando recién salió de la cárcel.
“En el gimnasio donde entrenaba la Hiena me comentaron de un boxeador que era una leyenda, el Karateca Medina. Lo fui a buscar, le hice las primeras notas después que salió de la prisión y entablamos una gran amistad”.

La vida en las cárceles a través del ojo de Srur

Durante 10 años recorrió distintas cárceles del país y del exterior, documentando y fotografiando las realidades que allí se vivían y muchos de los fotografiados, con el tiempo se convirtieron en sus amigos.
 “Viviendo en Los Ángeles me negaron la entrada a los Estados Unidos y perdí mi libertad durante dos días, que para mi fueron eternos. Esto fue  antes de hacer cualquiera de estas fotos de cárceles. Yo creo que ese fue de alguna manera un disparador.
Admiro a quien puede atravesar años de encierro, mas allá del juicio de valor que es algo discutible”.

Prisión San Diego, Cartagena, Colombia
En el 2001 fue la primera vez que entró a una cárcel. En esa época ganó una beca de la Fundación Nuevo Periodismo para realizar un taller con un fotógrafo italiano y para realizar el trabajo llegó a la cárcel de mujeres San Diego.
“Estas fotos las saqué en una semana, era realmente una cárcel muy particular, muy a lo caribe,  entrabas y no había nadie que controle, de repente  un hombre fotógrafo en una cárcel de mujeres sin que nadie le pregunte nada. Después de ese trabajo no dejaron entrar más fotógrafos.
El último día hicimos una fiesta y expusimos los trabajos del taller.
Era gente extraordinaria, respetuosa, hermosas personas y a mi me sirvió para sacarme muchos prejuicios.
Yo estaba interesado en el tema del encierro, en la pérdida de la libertad, en la autoridad y las contradicciones dentro de ese sistema. Tuve un especial interés por la prisión como concepto y como mecanismo de control social”.

Heridas
Este trabajo lo comenzó en el 2002 en la Villa San Francisco y estuvo seis años sacando fotos, filmando en súper 8, escribiendo y grabando conversaciones.
En ese lugar vivía el Frente Vital, un “pibe chorro” que en 1999 fue asesinado por la policía bonaerense. Se había hecho famoso por robar un camión de la empresa Serenísima y repartir los lácteos en toda la villa; también cuentan que si veía un nene descalzo le compraba zapatillas.
“Al frente lo matan escondiéndose debajo de una mesa. Tiene heridas de bala en las palmas de las manos, lo que quiere decir que se estaba rindiendo; lo fusilan.
Yo llegué al barrio por Sabina Sotelo, la madre del Frente que estaba militando por los Derechos Humanos.
El protagonista de mi historia es Carlitos, un amigo del Frente. Enseguida de conocerlo establecí una amistad con el”.
Las fotografías muestran el barrio, a los amigos del Frente, a Sabina sirviendo la chocolatada para los pibes de la villa, a Carlitos con su familia, preso, en libertad, en el hospital donde estaba su hermano.
“El hermano de Carlitos era cartonero y el tren blanco que iba a Tigre no tenía rejas en las ventanas en ese momento. El pibe sacó la cabeza y se la dio contra un poste con el tren andando. Estuvo seis meses en coma y murió. La familia hacía guardias de 24 horas en el hospital durante todo ese tiempo”.
La última foto que muestra es la tumba del Frente y a sus amigos, rindiéndole homenaje con cerveza, tabaco y marihuana.

Prisión Vantaa, Helsinski, Finlandia
Durante el 2006 se encontraba en Helsinky, donde vive su hermano y escuchó hablar de una cárcel modelo, donde la gente en invierno rompe vidrieras para que los metan presos y no estar en la calle, luego salen en el verano. Un lugar rodeado de bosques, que en vez de rejas tiene vidrios blindados, con sauna y biblioteca en seis idiomas.
“Mi historia está asentada en un personaje, el jefe de guardia cárceles, porque no tuve acceso a las celdas u otros espacios de la prisión. Además  me resultó paradigmático un hombre que se sentía muy orgulloso del establecimiento, así que decidí mostrar el lugar a través de el.
Fue un trabajo que hice en una tarde, pero fue una tarde con la obsesión y con diez años de ir a cárceles”.
En las imágenes se ve al guardia cárceles posar en distintos espacios de la prisión, entre ellos, en la celda de castigo, que es el lugar donde van los presos que se pelean y están controlados por una cámara las 24 horas del día para que no se lastimen a si mismos.
“En cuanto al guardia cárceles yo no puedo decir que era un mal  tipo, todo lo que le dije lo hizo, tenía buenas intenciones, pero al mismo tiempo había otra cosa extraña en  su discurso de orgullo. Era el guardia cárcel de prisión Vantaa y de alguna manera estaba preso el también”.
En otra foto aparece un preso del área de psiquiatría al que no se le ve la cara, “el no quería que se vea su cara y entonces no la saqué. Le podría haber mentido, pero no lo hice”.
Como final de una etapa cuenta que el índice de reincidentes es prácticamente el mismo y agrega “ahí es cuando se terminó para mi el tema cárceles”.

Fotos sin título

“Este trabajo se llama Sin título y no fue algo que hice concientemente, en un tiempo y siguiendo una historia, sino que fueron fotos que fui sacando durante estos años y que un día vi que había cierta unidad y una repetición en cuanto a determinadas cosas.
Son retratos de mujeres, aunque con cierta ambigüedad, ya que técnicamente no son todas mujeres”.

Geovany no quiere ser Rambo

En el 2001, después de realizar el trabajo en la cárcel de mujeres de Cartagena, viajó a Medellín con la idea de retratar la vida de las pandillas. El día anterior a enterarse que se había ganado la beca para viajar a Colombia, vio la película La virgen de los sicarios y quedó impactado con ese territorio colombiano complejo, con pobreza, desocupación y una fuerte cultura de la guerra y las armas.
“Me impactó cómo alguien puede vivir en condiciones tan complicadas, en el medio de una guerra puede pensar y tener una familia, un trabajo, o delinquir, pero también reflexionar.
Así es que me contacté con un periodista de un diario colombiano  que investigaba las pandillas en Medellín y a través de él conocí a Geovany que era el  líder de la pandilla Los Rambos.
Geovany  me abrió las puertas de su casa en la comuna y me quedé veinte días viviendo con él, tratando de ver cómo era la cotidianeidad, el día a día con su mujer y sus hijas. En ese momento teníamos la misma edad con Geovany, 25 años y a la noche cuando todos se iban a dormir charlábamos mucho.
Cada cuadra de la comuna tenía una pandilla y en este caso eran quince muchachos organizados en la cuadra. Los que tenían más integrantes dominaban más cuadras.
El trabajo se llama Geovany no quiere ser Rambo, porque Rambo era el antiguo líder de la pandilla que habían matado unos años antes de que yo llegue”.
Cuenta que en ese momento sucedían quince asesinatos diarios sólo en la ciudad de Medellín y que había un fiscal con un grupo comando encargado de buscar los cadáveres. “Algunas de las fotos son de aquellas salidas”, comenta mientras en la pantalla se ve a un joven asesinado ante la mirada de sus padres.
“Ya me conocían todos los de la cuadra, vivía como en un micromundo, hablábamos mucho, me preguntaban cosas de Argentina y no podían creer que hubiera un argentino viviendo en la comuna.
No todos delinquían, pero sí estaban todos armados,  porque si llegaban los enemigos los echaban de las casas a los tiros. Y si no estaban armados tenían que tener un amigo con armas que los protegiera”.

Ante la pregunta si alguna vez tuvo miedo, Srur contestó que no, excepto una vez: “Sentí miedo en un momento pero no por culpa de Los Rambos, sino porque cometí un error: era de noche y no había negocios abiertos más que una pollería en la esquina dónde paraba otra pandilla, los enemigos. Sandro, el hermano de Geovany era un flaco que no tenía registro del miedo y yo quise ir con el a comprar un pollo. Geovany me decía no vayas y Sandro que si. Cuando entramos al negocio, quince personas sentadas nos siguieron con la vista todo el tiempo. No era una mirada de odio, era más bien de incomprensión de lo que estaba haciendo.
Más tarde cuando cenábamos en el balcón, pasó una moto de los enemigos y durante todo el trayecto el que manejaba y el acompañante me miraron a los ojos. Ahí comprendí que era uno de Los Rambos, que la del periodista había caducado. Esa noche sentí miedo”.
Y agrega: “estando ahí pasó a un segundo plano la inquietud sobre el ser sicario, era tal la magnitud de la realidad y la intensidad que nunca me atreví a preguntarle a Geovany si había matado a alguien.
Él era el líder de una pandilla y al mismo tiempo soñaba con tener un trabajo y ser zapatero”.

Cinco años después, ya en Argentina, le escribió a Geovany una carta para comentarle que tenía pensado editar un libro y le formuló preguntas que formarían parte de ese relato: su pensamiento acerca de la vida, el amor, el dinero, la muerte, la familia. Comenzó un intercambio epistolar que Geovany inauguró con una carta de seis carillas donde contaba su infancia, su vida y sus sueños.
La letra manuscrita se ve en la pantalla y se puede leer: “de todos los muchos que conociste sólo quedamos cinco…Me gustaría que en el mundo cambiaran las guerras y el hambre”.
El libro para Srur representó un intenso trabajo de edición y de indagación sobre lo que quería contar con esas fotos.
“El libro vino casi diez años después de haber hecho el trabajo. La temática es de alto impacto, con imágenes muy fuertes. Me llevó años llegar a una edición que me satisfaga.
Vivimos en un momento donde permanentemente nos bombardean con imágenes de violencia y mi intención era no caer en la misma y tener una historia para contar, mostrar la cotidianeidad, con cierto clima, más allá de la violencia.
Quería contar una historia, que no sea anónimo, mostrar un vínculo más verdadero para poder entender mejor de que se habla”.

Un hecho novedoso que causó sorpresa y admiración entre los presentes fue que el quince por ciento de todo lo que ganó con la venta de las fotos se lo mandó a Geovany.
“Sentí que era lo correcto, él me cuidó mientras estuve ahí, yo estoy haciendo un trabajo con eso, puedo lucrar y sé muy bien la situación en la que vive”.

Reflexiones finales

En todos los trabajos que mostró se vio la estrecha relación que establece con los personajes fotografiados.
Ahora confiesa que no anda detrás de las historias y hace más retratos y paisajes, pero sin perder de vista que la fotografía es una manera de expresión. Sale en busca de lo que va a fotografiar y se toma el tiempo para hacerlo, se pierde en la ciudad y en su barrio y nacen imágenes con formas de paisajes y retratos.
“En el momento que seguía historias como las que mostré sentía esa curiosidad, un interés e inspiración a nivel fotográfico y humano. Por eso con las personas que fotografío tengo que tener una empatía muy grande, es un descubrimiento. Viajé mucho buscando esas historias, tuve el tiempo y la necesidad de hacerlo, ahora estoy haciendo más retratos y paisajes”.

“Siento que ventajeo al tiempo porque la foto queda. Está bueno poder expresarse a través de una imagen, que eso ayude a entender y que perdure más allá de uno”.

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