 
Cooperativa SUB: Seis fotógrafos, una identidad
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Conferencia SUB Cooperativa de Fotógrafos
Jueves 17 de junio de 2010
Cooperativa SUB: Seis fotógrafos, una identidad
Por Camila Ostrower
La primer conferencia del año en ARGRA Escuela, convocó a más de 80 personas y se inauguró con Gisela, Gabriela y Gerónimo, tres de los integrantes del colectivo fotográfico SUB, que desde 2004 trabaja en el fotoperiodismo con una idea y propuesta de trabajo alternativa: la cooperación.
Trabajadores de la imagen
Fue en 2001, año de efervescencia social, que individualmente comenzaron a retratar lo que estaba pasando en el país: la crisis, el surgimiento de las asambleas, las fábricas recuperadas quedaron grabadas en sus fotos y videos. Pero no sólo fue registrar, fue también vivir esos años, ver que había otras formas de relacionarse con la gente y de trabajar, lo que les dio el primer puntapié para la formación de la cooperativa.
Después de 4 años decidieron que todo lo registrado valía la pena compartirlo y armaron “Argentina Foto”, siguiendo la lógica agencial de mostrar varias historias. Más tarde, cuando dos de sus compañeros volvieron de Bolivia con mucho material sobre los procesos de cambio que estaba viviendo el país vecino, se dieron cuenta que necesitaban más tiempo para contar lo que querían: dejar todo y dedicarse uno o dos meses a una sola historia.
Así nació SUB, como una productora de ideas, un espacio autogestionado por trabajadores de la imagen.
SUB está formado por seis personas, y si bien durante estos años tuvieron cambios, nunca superaron ese número. Gisela Volá, que está desde el inicio, los presenta: Olmo Calvo Rodríguez que actualmente vive en Madrid y trabaja a la distancia; Sebastián Hacher fotógrafo, periodista y escritor; Gerónimo Molina y Nicolás Pousthomis fotógrafos de formación autodidacta; y Gabriela Mitidieri, la única que no es fotógrafa, próxima licenciada en historia que funciona como coordinadora del grupo.
“Entre todos tenemos una identidad SUB y es por eso que hablamos de “grupo”, hay intereses, caminos y búsquedas propias de cada uno de nosotros con respecto a la fotografía o a los temas que nos interesan, pero en general cuando hacemos cosas colectivas agarramos la identidad SUB” cuenta Gisela.
Cuando decidieron conformarse como cooperativa organizaron horarios y formas de trabajo e hicieron todo a pulmón: una habitación en la casa de uno se convirtió en la oficina, pagaban Internet entre todos, compartían las computadoras y las cámaras, hicieron ellos mismos su página web. Es un espacio que se fue (o lo fueron) autogestionando bajo el lema que emergió de los movimientos antiglobalización: “hazlo tu mismo”.
SUB, dice Gisela, es como un hijo, un proyecto al que le tienen mucho cariño por lo que implicó llevarlo adelante. Dedicarle tiempo y esfuerzo a algo con lo que se ganaba muy poco fue la lógica que utilizaron durante años y que, paradójicamente, sólo puede explicarse desde lo pasional: con hacer lo que sentían que tenían que hacer.
Cuentan que la cooperativa la pensaron a largo plazo y saben que para que el proyecto se sustente solo no basta con sacar las fotos que quieren, sino que tienen que crecer más allá de lo fotográfico, en alianza con otros grupos, en debates políticos, fortaleciéndose día a día.
Actualmente, si bien generan un ingreso que les permite seguir con esta forma autogestionada en la que reparten de forma igualitaria lo que ganan, reconocen que hay meses mejores que otros, pero que eso tiene directa relación con los proyectos que se proponen.
Una construcción constante de este “territorio para sus libertades”, de trabajo y creación, donde se relacionan con la gente que ellos quieren, con los temas que les interesan y los abarcan desde una perspectiva en la que sobresale la relación con las personas.
Gerónimo se dirige al público y dice: “lo que intentamos mostrarles es que hay muchas posibilidades que escapan a trabajar en un medio o estar en relación de dependencia al servicio de un editor, haciendo las fotos que necesitan un determinado grupo o medio”.
SUB esta viendo ahora los frutos del trabajo de muchos años, y en este hacer colectivo las cosas que intervinieron fueron muchas: la producción, la edición y la circulación. El trabajo de Gabriela como coordinadora simplifica el trabajo a la hora de centralizar el material, hacerlo circular, encargarse de las publicaciones y las muestras.
Dónde se muestran las fotos es un tema de debate al interior del grupo, discuten cada caso, pero defienden la idea que mientras no se desvirtué el proyecto es válido mostrarlo en galerías y espacios de arte, sobretodo teniendo en cuenta que muchos de los trabajos, por la temática y el enfoque, no podrían ser publicados en la prensa masiva. Aunque, agrega Gerónimo, no hay que pensar solamente en los espacios de arte y prensa y tener los ojos para todos lados.
Así deciden también los temas a abordar, Gerónimo cuenta: “algunas veces el tema lo trae alguno de nosotros a la cooperativa, planteando también la perspectiva que le interesa para tratarlo, y se ve si se quiere abrir para que otros también participen sacando fotos o si lo desarrolla esa persona individualmente”. En su caso, al ser el último en integrarse a la cooperativa remarca que está aprendiendo muchísimo de las experiencias en conjunto, de sumar físicamente y conceptualmente a sus compañeros en las fotos.
Para la parte de la edición intentan reunirse todos y ver los trabajos. En los proyectos que realizan colectivamente (es decir que hay fotos de todos), lo importante es tener en claro cual es la historia que se quiere contar y si las fotos aportan a ese objetivo, sirven. “A veces resulta algo más homogéneo y a veces un “pastiche” de imágenes, pero eso es el resultado del trabajo en conjunto de seis fotógrafos, de seis miradas distintas fotografiando sobre un mismo tema y de la relación que cada uno tiene con las personas que fotografían”, cuentan.
Las fotos proyectadas
Antes de comenzar con la conferencia y la posterior ronda de preguntas, la cooperativa proyectó tres de sus trabajos que sirvieron para entender, junto con sus palabras, la manera que eligen para abordar la fotografía documental
Villa 21-Lejos del cielo fue el primer trabajo proyectado. Una selección de fotos que, lejos de mostrar al asentamiento porteño como el más peligroso de la ciudad de Buenos Aires, nos introduce a las historias de personas que en vez de dejarse vencer por el paco y la violencia, luchan día a día para seguir adelante.
Ese proyecto fue, como contó Gisela, una bisagra en su modo de trabajo, porque participaron todos los integrantes de SUB. Visitaban el lugar dos o tres veces por semana, llegaban juntos y se separaban cuando llegaban al barrio: algunos iban a centros de rehabilitación, otros al “aguantadero”, otros a algún centro de día y se volvían a encontrar a la caída del sol para volverse a sus casas.
Paraguay. 17 veces volver fue el segundo proyectado. El trabajo retrata a familias que viven en el asentamiento 13 de Mayo, en el departamento de Itapuá, de donde fueron desalojadas más de 17 veces en 6 años por el reclamo de quien tiene el título de las tierras: los herederos del médico del ex dictador Alfredo Stroessner. En las fotos se ven algunas de las 40 familias que resisten al desalojo y al cultivo de soja transgénica.
En este caso fueron dos los fotógrafos de la cooperativa que tomaron las fotos y, a diferencia del trabajo de “Villa 21” que terminó en Prensa, se expuso este año en la galería “Arte por Arte”. Cada trabajo recorre caminos distintos.
Así como los destinos, los fotoreportajes tienen inicios distintos. En el caso de San Darío del Andén la cooperativa fue convocada por la curadora Victoria Verlichak para que formen parte del envió argentino a la Bienal de Cuenca en Ecuador 2009. Como contó Gabriela: “algo bastante atípico ya que raramente esos espacios eligen temáticas relacionadas con el fotoperiodismo. SUB decidió encararlo con este trabajo sobre la memoria viva de Darío Santillán”.
Este proyecto les permitió condensar dos trayectorias en paralelo: rescatar el material de archivo que ya tenían de años anteriores sobre el movimiento piquetero y ponerlo a conversar con nuevas fotografías que retratan lo que sobrevivió al asesinato de Darío. Desde sus amigos, familia y compañeros de militancia, hasta Mabel, una devota arekrishna que luego de su muerte le armó un altar en el lugar donde lo mataron elevando su figura al status de santo: “San Darío, el patrono de los piqueteros”. Las fotos muestran la mística que se generó alrededor de su persona, para Gabriela “una mística que motiva a seguir luchando por el compromiso social”.
Las fotos viajaron a Ecuador acompañadas de un video con una entrevista al piquetero, realizada meses antes de su muerte.
Como resultado, y desconcertando a unos cuantos que pronosticaban lo contrario, el trabajo ganó el premio de la Bienal dentro de la sección “Con las glorias no se olvidan las memorias” y abrió el camino para presentarlo el próximo 8 de Julio en el Centro Cultural Recoleta.
Espacios bisagra: el encuentro con otros colectivos
Los espacios de intercambio en los que participaron, como Laberinto de Miradas o el Encuentro de Colectivos Fotográficos Euroamericanos fueron momentos bisagra en su manera de trabajar. Encontrarse con personas que creen que un colectivo es una forma de compartir y trabajar, participar de exposiciones conjuntas e intercambiar experiencias tanto fotográficas como humanas, fue un aprendizaje y también un disparador de nuevos trabajos. Así surgió a principios de este año, como fruto de la convocatoria del encuentro que se hizo en Madrid, el último trabajo proyectado: Oxigeno 0.
Entre las tantas posibilidades de trabajar con la temática del medio ambiente eligieron fotografiar el Riachuelo, que a pesar de ser uno de los ríos más contaminados del mundo, está inmerso en la costumbre y el abandono. Las fotos dejan registro de la contaminación generada por las fábricas y empresas pero desde la perspectiva de los principales perjudicados: personas que viven allí, a la vera de esa línea que divide la Capital del Conurbano, en condiciones habitacionales, de salubridad y alimentación muy complejas.
Para hacerlo, al igual que con los trabajos anteriores, tuvieron una etapa de producción previa: contactar gente, realizar reuniones, entrevistas y decidir como encararlo. Vivieron un mes intenso dedicado a fotografiar las historias de quienes padecen las enfermedades y, también, de los militantes ambientalistas. Un trabajo que los llevó desde la boca del Riachuelo hasta el Puente la Noria, pasando por la Isla Maciel, con cámara, grabador y lápiz en mano.
Los cambios son, desde que se constituyeron como cooperativa en 2004, muchos. Pero el mayor aprendizaje es sobre la manera de trabajar y de pensar los temas. “Ahora tenemos más herramientas para contar las historias que queremos y esto, no tiene que ver con algo puramente fotográfico, sino con las enseñanzas que te da la vida”, dice Gisela y agrega: “al momento de encarar el proyecto es importante elegir responsablemente donde posicionarse. Escapar del cliché, del lugar común y de la foto que ante un tema ya se tiene instalada en el imaginario. Retratar a las personas pero entablando una relación con ellas, no llegar, sacar una foto e irse, porque esa puede sacarla cualquiera. Meterse en un tema y dejarse llevar para mostrar algo más de adentro, jugarse un año de nuestras vidas a estar y convivir con eso”.
Y agrega que para tener esa experiencia es necesario posicionarse: “es inevitable que uno como fotógrafo tome partido de lo que fotografía, poner una opinión y una línea de diálogo, no se puede estar de ambos lados. Las personas que miran las fotos no son ingenuas, cada fotografía que se muestra tiene un peso y cuando se cuenta una historia es necesario ubicarla en contexto lo mejor posible, porque una foto puede cambiar el rumbo de lo que se quiere decir”.
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